miércoles, 22 de junio de 2016

Vientos de invierno

Sentí frío, mucho frío. La lluvia mojaba las calles y las nubes, oscuras, parecían también empapadas. Yo apenas podía ver. Es más, apenas recordaba por qué estaba allí. Mi madre no estaba, mis hermanos tampoco y yo me encontraba al costado de la puerta de lo que parecía ser un restaurante. La gente pasaba y la mayoría no notaba mi presencia. Era un fantasma.

Otros, sin embargo, y especialmente niños, lograban verme. Tenía la sensación de que les daba pena. “¡Ay! El pobre gatito”, “Mami, ¿nos lo podemos llevar?”, decían mientras sus madres les jalaba del brazo, apartándose la mirada. Me sentía solo, frágil. Las horas pasaban y yo no podía hacer nada más que llorar. Las veredas lucían siniestras y llenas de odio. No podía caminar, no me atrevía.
De repente, escuché suaves pasos entre las mojadas veredas. Sentí su presencia frente a mí que hizo temblar mi cuerpo cada vez más a medida que acercaba sus brazos. Me cargó y pude ver su rostro, su cabello negro largo hasta sus hombros, su cálida sonrisa y sus ojos pardos. Nos miramos fijamente durante unos segundos y me transmitió su calidez, como si nos entendiéramos.
— ¿Por qué estás tan solo? — dijo mientras acariciaba mi cabeza.

Quería decirle que no tenía a nadie, que me habían abandonado. Tampoco recordaba de dónde venía y por qué estaba aquí, en esta esquina de la avenida. Pero no, yo sabía que ella no me comprendería, así que apenas logré llorar.

— No tengas miedo, yo cuidaré de ti. Te lo prometo. Seremos felices juntos.

Pasaron largas semanas y el frío del invierno se llevó consigo mi extraño pasado. Ahora solo quedaba el sol, que se reposaba durante el día y el calor, que parecía nunca desvanecer.

Ya tenía viviendo más de un mes en el hogar de mi nueva compañera. El lugar no era muy grande, pero tenía el espacio suficiente para poder vivir ella y yo. Tenía un cuarto con una ventana muy bonita con vista a la ciudad, un baño en donde me trepaba de las toallas y alfombras que me gustaba rasgar. Sin embargo, mi lugar favorito era la cocina. Todas las mañanas, ella sacaba de un recipiente transparente una galleta que me encantaba.

— Desde que llegaste, no has parado de comértelas cada mañana. — me contaba mientras yo me acurrucaba entre sus piernas.

Como Liz —su nombre— y yo, Ramzes, tal como decidió llamarme, pasábamos todo el tiempo juntos, pero al fin y al cabo solos. Me daba la impresión de que ella tampoco tenía a nadie, que se sentía sola. Venían amigos suyos con poca frecuencia a visitarla y no sé si tenía familia, tampoco la veía conversar por teléfono muy a menudo. Es por eso que durante las noches, cuando todo nuestra alrededor se tranquilizaba, Liz me conversaba.

— Debo estar loca por hablar contigo, pero cuando uno lleva mucho tiempo sola, siente la necesidad de contarle al primero que esté contigo, además, tengo la sensación de que me entiendes. — me explicó.

Una noche, la luna se veía grande y tan blanca que los focos del cuarto no necesitaban estar encendidos ya que la luz lunar reflejaba en el espacio de la cama en el cual estábamos recostados los dos, iluminando nuestra conversación.

— Sabes, Ramzes, hoy fui al hospital. Ayer te conté que iría a ver al médico porque este dolor en el cuello no quiere irse. — me dijo mientras sacaba un cigarrillo de su cajón.

Sentí miedo, nunca la había visto así, tan sensible. El escalofrío sacudió todo mi cuerpo, hasta erizar mis pelos.

— No te preocupes, a lo mejor es solo una infección. —susurró mientras miraba a través de la ventana— Lo único que me preocupa es dejarte solo mientras no estoy.

Liz y yo nos habíamos vuelto inseparables. Es algo que no se puede decir sobre otros gatos, pero yo no quería dejarla sola sabiendo que no tiene a nadie más para cuidar de ella.

Al día siguiente, por la tarde, habiendo llegado del hospital, Liz abrió la puerta y junto a ella ingresó un ambiente de negatividad. Apenas me vio echado en la alfombra y pude notar en su rostro ningún sentimiento. De repente, sus ojos humedecieron al verme y se fue a su cuarto, apartándose de mi vista. Rápidamente fui tras ella y me senté al costado de sus pies, acariciándola y dando señales de que siquiera me dijera algo.

— El doctor dice que es algo más grave que solo una infección. Que necesita tomarme unas pruebas adicionales para descartar si es cáncer. — me contó sollozando.

Había pasado cinco meses desde aquella noche y ahora todo a nuestro alrededor había cambiado. Lo que resultó ser cáncer en el cuerpo de Liz, iba avanzando y haciéndose más grave; así me explicaba ella. Sin embargo, estos cambios no hicieron más que fortalecer nuestra relación. Estábamos más unidos que nunca. Ella recibía tratamiento cada semana y a veces los médicos dejaban que yo la acompañase. Los pacientes del hospital me conocían muy bien y mimaban cada vez que iba. Era feliz porque me recibían con comida.

Con el tiempo el invierno nos alcanzó y fue inevitable. La enfermedad de Liz empeoró y su semblante no era el mismo a pesar que ella hacía todo lo posible para aparentar estar bien. Dejó de ir al hospital para pasar el resto de sus días en casa conmigo. Una enfermera venía regularmente para cuidarla durante unas horas y asegurar que no le faltara nada.
Durante las gélidas noches, Liz escuchaba su música favorita mientras yo la acompañaba.

— El que está tocando ahora mismo es Debussy. Es hermoso la manera en que componía—decía pausadamente—, pero mi favorito siempre será Chopin. Es curioso porque de niña siempre deseaba ser enterrada mientras los Nocturnos de Chopin me acompañaran. Ahora, presiento que ni él me acompañará cuando me vaya. ¿Sabes, Ramzes? Solo tú has sido capaz de esperarme y soportarme todo este tiempo.

Liz sabía que no le quedaba mucho tiempo, pero ahora, a comparación de antes, se le notaba un semblante diferente, uno de tranquilidad. Una noche, estábamos echados en su cama, ella acariciaba mi espalda con las fuerzas que le quedaban. Yo no apartaba la mirada de sus ojos.
— Ramzes, estoy lista. —sonrió.

Tras decir eso, Liz dejó su último aliento en la habitación y dejó de existir. Me quedé observando sus ojos cerrar por completo y sus brazos desvanecer, dejando de tocar mi cuerpo.

Ahora estoy aquí, en su habitación, dos días después y el tiempo parece paralizado. Los vientos de invierno cubren la ciudad y siento frío, mucho frío. Me siento solo y ajeno en este lugar, otra vez, sin ella.

Fercer

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