jueves, 1 de diciembre de 2016

Una vez conocí a la chica más dulce de internet

Gato ya no está.
Desapareció
Nuestro cariño se esfumó y sólo quedó niebla, algo confuso
Te prometí algo, o me lo prometí a mí mismo
Lo sepas o no, lo haré algún día

Me duele perder una amistad así. Me duele ser así.



La conocí por el nombre de Ale. Estaba en Facebook y me mandó una solicitud de amistad. Muy pocas personas lo hacen con desconocidos, pero ella se atrevió y yo, al ver su mensaje, acepté. La agregué e inmediatamente pregunté si la conocía por amigos en común. No, no era eso; en realidad era porque vio mi comentario en una publicación de una página y supongo que le gustó.
 Mi instinto acosador me llevó a ver su perfil y, a continuación, sus fotos. Lo que más recuerdo ahora de ella es su cabello; para ser más exactos, sus pequeños rulos. Cabello corto y negro; pestañas largas y ojos grandes; nariz pequeña y su boca estaba pintada de lápiz rojo. En la mayoría de las imágenes ella veía fijamente el centro de la cámara, así su mirada reflejaba más misterio y, consecuentemente, más atracción a mí.
Luego de ver una y otra vez sus fotos, me di cuenta que no era de mi país. Una pena. Posteriormente, le pregunté y me dijo que era de un país de otro continente.
Repito: Una pena. Pero en cierta parte eso le daba más misticismo a la conversación. Había más cosas por preguntar y descubrir de ella. Debo reconocer que su ortografía me sorprendió, he ahí cuando pensé que era mayor que yo, por lo menos unos tres años más. Pero no, tenía apenas unos meses más que yo y eso la hacía mucho más atractiva. Creo que desde que la conocí encontré el afán de tratar de escribir bien.
Coincidimos en algunas bandas y también en la música clásica. Más atractiva todavía. Me ponía a recordar y creo que ella era la primera persona así de interesante que había conocido antes. No sé si pensaba lo mismo de mí, al ser alguien un poco aburrido y con el tiempo sin encontrar temas de conversación, fácilmente se cansaría. Fue una pena que ella no tuviera mucho tiempo para conversar la primera vez que nos conocimos, así que tuve que quedarme con las ganas hasta otro día.
Pasó el tiempo y también pasaron muchas conversaciones. Nos reíamos juntos, opinábamos de aquello, nos burlábamos de esto, compartíamos material musical, nos conocíamos más. Aunque no sé si “conocer” sea el término adecuado, porque no puedes conocer completamente a alguien sin haber interactuado en persona antes. Pero eso no nos importaba, nosotros la pasábamos bien. No puedo negar que me gustó desde que empezamos a conversar por primera vez, pero yo ni enterado, tuve que ponerme a pensar por qué me gustaba mucho tiempo después, y para ese entonces la situación era distinta. Claro que nunca se lo dije porque en el fondo no quería intentar otra vez una relación a distancia, no quería estropear nuestra linda relación de amistad.
Recuerdo que hubo un tiempo en que abarcamos el tema de la sexualidad, me gustaba conversar con ella al respecto. Yo la imaginaba desnuda y teniendo relaciones, después le contaba cómo fue y ella me contaba lo mismo pero conmigo. Otras veces sólo nos hacíamos preguntas y nada más. Creo que esa época fue cuando nuestros deseos y la atracción que sentíamos llegaron a lo más alto. Yo la deseaba mucho y quería que estuviera conmigo físicamente. Sin embargo, todavía había algo que me decía que no podíamos estar juntos.
Después de esa época hubo el declive de nuestra relación. Nos entendíamos menos, o por lo menos yo la entendía menos que antes. Ella empezó a darse cuenta que yo no fui la persona más abierta a conocer más de uno mismo y eso le parecía injusto. Las cosas cambiaron y dejamos de gustarnos.
Volviendo a la actualidad, hace unos días soñé con ella, o eso creo. La figura de la mujer y su esencia era lo más parecido a ella. Soñé que moría y que no querían que la viera en su lecho de muerte. A continuación intentaré describir el sueño lo más que me dé la memoria:
El ambiente no era bueno. Se veía oscuro y lleno de viejos edificios, todo lo que no le gustaba a ella: la vieja ciudad. El cielo tenía un tono gris que nunca había visto antes. No era para nada bueno, sabía que algo pasaba.
Seguí caminando y vi a mucha gente, era un público que vestía de terno del color del cielo. Al frente logré ver un espacio cerrado en cuatro paredes, no recuerdo bien si era una casa o un depósito, se veía muy superficial y para nada real. Yo sabía que ese público esperaba ver algo o alguien, o tal vez esperaban que yo entrase para ver aquello. Sin embargo, un señor me dijo que no podía entrar porque su estado era muy malo. No me importó y entré a aquel lugar, me esperaba otro escenario totalmente distinto al de afuera. Este lugar se veía calmado, pero notaba que algo lentamente moría, como si el gran árbol del bosque, que todos los animales admiraban y querían, se hiciera viejo y finalmente desaparecería.
Al entrar más al fondo de aquel lugar, encontré a esta figura recostada en una cama. Inmediatamente reconocí que era ella y supe que no estaba muerta, pero que ellos querían verla muerta. Lo sabía, de alguna manera lo sabía porque era mi sueño y porque yo era el único quien podía terminar la historia. Entonces me acerqué a ella y la abracé, lloré y los maldije. Ellos tenían la culpa de que ella estuviera así, no sé por qué pero lo sabía. Así son los sueños a veces.
Había pasado mucho tiempo desde que nos veíamos, creo recordar que en el pasado habíamos sido novios y ahora yo también me echaba la culpa por haberla dejado sola. Ella apenas podía mirarme, y aunque su mirada me bastaba para notar que sabía que había llegar por ella, no encontraba la manera para recuperarla, para sacarla de ese lugar y traerla conmigo, cuidarla y volver a estar juntos. Fue en ese entonces que mandé todo a la mierda, la levanté, la cargué hasta afuera y de alguna manera escapamos de esa dimensión. Sí, digo dimensión porque es lo más coherente que se me ocurre decir para explicar que después de ese instante empezó una secuencia de transportación hacia muchos lugares o momentos juntos.
Lamentablemente, no recuerdo mucho más después de aquello.



miércoles, 22 de junio de 2016

Vientos de invierno

Sentí frío, mucho frío. La lluvia mojaba las calles y las nubes, oscuras, parecían también empapadas. Yo apenas podía ver. Es más, apenas recordaba por qué estaba allí. Mi madre no estaba, mis hermanos tampoco y yo me encontraba al costado de la puerta de lo que parecía ser un restaurante. La gente pasaba y la mayoría no notaba mi presencia. Era un fantasma.

Otros, sin embargo, y especialmente niños, lograban verme. Tenía la sensación de que les daba pena. “¡Ay! El pobre gatito”, “Mami, ¿nos lo podemos llevar?”, decían mientras sus madres les jalaba del brazo, apartándose la mirada. Me sentía solo, frágil. Las horas pasaban y yo no podía hacer nada más que llorar. Las veredas lucían siniestras y llenas de odio. No podía caminar, no me atrevía.
De repente, escuché suaves pasos entre las mojadas veredas. Sentí su presencia frente a mí que hizo temblar mi cuerpo cada vez más a medida que acercaba sus brazos. Me cargó y pude ver su rostro, su cabello negro largo hasta sus hombros, su cálida sonrisa y sus ojos pardos. Nos miramos fijamente durante unos segundos y me transmitió su calidez, como si nos entendiéramos.
— ¿Por qué estás tan solo? — dijo mientras acariciaba mi cabeza.

Quería decirle que no tenía a nadie, que me habían abandonado. Tampoco recordaba de dónde venía y por qué estaba aquí, en esta esquina de la avenida. Pero no, yo sabía que ella no me comprendería, así que apenas logré llorar.

— No tengas miedo, yo cuidaré de ti. Te lo prometo. Seremos felices juntos.

Pasaron largas semanas y el frío del invierno se llevó consigo mi extraño pasado. Ahora solo quedaba el sol, que se reposaba durante el día y el calor, que parecía nunca desvanecer.

Ya tenía viviendo más de un mes en el hogar de mi nueva compañera. El lugar no era muy grande, pero tenía el espacio suficiente para poder vivir ella y yo. Tenía un cuarto con una ventana muy bonita con vista a la ciudad, un baño en donde me trepaba de las toallas y alfombras que me gustaba rasgar. Sin embargo, mi lugar favorito era la cocina. Todas las mañanas, ella sacaba de un recipiente transparente una galleta que me encantaba.

— Desde que llegaste, no has parado de comértelas cada mañana. — me contaba mientras yo me acurrucaba entre sus piernas.

Como Liz —su nombre— y yo, Ramzes, tal como decidió llamarme, pasábamos todo el tiempo juntos, pero al fin y al cabo solos. Me daba la impresión de que ella tampoco tenía a nadie, que se sentía sola. Venían amigos suyos con poca frecuencia a visitarla y no sé si tenía familia, tampoco la veía conversar por teléfono muy a menudo. Es por eso que durante las noches, cuando todo nuestra alrededor se tranquilizaba, Liz me conversaba.

— Debo estar loca por hablar contigo, pero cuando uno lleva mucho tiempo sola, siente la necesidad de contarle al primero que esté contigo, además, tengo la sensación de que me entiendes. — me explicó.

Una noche, la luna se veía grande y tan blanca que los focos del cuarto no necesitaban estar encendidos ya que la luz lunar reflejaba en el espacio de la cama en el cual estábamos recostados los dos, iluminando nuestra conversación.

— Sabes, Ramzes, hoy fui al hospital. Ayer te conté que iría a ver al médico porque este dolor en el cuello no quiere irse. — me dijo mientras sacaba un cigarrillo de su cajón.

Sentí miedo, nunca la había visto así, tan sensible. El escalofrío sacudió todo mi cuerpo, hasta erizar mis pelos.

— No te preocupes, a lo mejor es solo una infección. —susurró mientras miraba a través de la ventana— Lo único que me preocupa es dejarte solo mientras no estoy.

Liz y yo nos habíamos vuelto inseparables. Es algo que no se puede decir sobre otros gatos, pero yo no quería dejarla sola sabiendo que no tiene a nadie más para cuidar de ella.

Al día siguiente, por la tarde, habiendo llegado del hospital, Liz abrió la puerta y junto a ella ingresó un ambiente de negatividad. Apenas me vio echado en la alfombra y pude notar en su rostro ningún sentimiento. De repente, sus ojos humedecieron al verme y se fue a su cuarto, apartándose de mi vista. Rápidamente fui tras ella y me senté al costado de sus pies, acariciándola y dando señales de que siquiera me dijera algo.

— El doctor dice que es algo más grave que solo una infección. Que necesita tomarme unas pruebas adicionales para descartar si es cáncer. — me contó sollozando.

Había pasado cinco meses desde aquella noche y ahora todo a nuestro alrededor había cambiado. Lo que resultó ser cáncer en el cuerpo de Liz, iba avanzando y haciéndose más grave; así me explicaba ella. Sin embargo, estos cambios no hicieron más que fortalecer nuestra relación. Estábamos más unidos que nunca. Ella recibía tratamiento cada semana y a veces los médicos dejaban que yo la acompañase. Los pacientes del hospital me conocían muy bien y mimaban cada vez que iba. Era feliz porque me recibían con comida.

Con el tiempo el invierno nos alcanzó y fue inevitable. La enfermedad de Liz empeoró y su semblante no era el mismo a pesar que ella hacía todo lo posible para aparentar estar bien. Dejó de ir al hospital para pasar el resto de sus días en casa conmigo. Una enfermera venía regularmente para cuidarla durante unas horas y asegurar que no le faltara nada.
Durante las gélidas noches, Liz escuchaba su música favorita mientras yo la acompañaba.

— El que está tocando ahora mismo es Debussy. Es hermoso la manera en que componía—decía pausadamente—, pero mi favorito siempre será Chopin. Es curioso porque de niña siempre deseaba ser enterrada mientras los Nocturnos de Chopin me acompañaran. Ahora, presiento que ni él me acompañará cuando me vaya. ¿Sabes, Ramzes? Solo tú has sido capaz de esperarme y soportarme todo este tiempo.

Liz sabía que no le quedaba mucho tiempo, pero ahora, a comparación de antes, se le notaba un semblante diferente, uno de tranquilidad. Una noche, estábamos echados en su cama, ella acariciaba mi espalda con las fuerzas que le quedaban. Yo no apartaba la mirada de sus ojos.
— Ramzes, estoy lista. —sonrió.

Tras decir eso, Liz dejó su último aliento en la habitación y dejó de existir. Me quedé observando sus ojos cerrar por completo y sus brazos desvanecer, dejando de tocar mi cuerpo.

Ahora estoy aquí, en su habitación, dos días después y el tiempo parece paralizado. Los vientos de invierno cubren la ciudad y siento frío, mucho frío. Me siento solo y ajeno en este lugar, otra vez, sin ella.

Fercer

sábado, 23 de abril de 2016

Memorias nocturnas I

Te fuiste hace más de tres años. 



Volviste de vez en cuando, pero por cortos periodos de tiempo. Pensé que volverías para quedarte, pero desaparecías como si nada después de la noche. 

Y es que todo vuelve con la noche: los recuerdos, cada vez más transparentes en mi memoria, son probablemente la herramienta más inocente que me queda para llamarte de vuelta. Tengo algunas fotos que logré recuperar gracias a mi bandeja de entrada, tengo también conversaciones arrugadas en archivos de hace años. 
Sin embargo, lo mejor que tengo para no olvidarte es un pequeño clip de grabación, que recuerdo me lo pasaste cuando escribí un diario para ti. Aún conservo el diario, del cual tiempo después me enteré que continuaste escribiendo en mi lugar. 

Pensar y recordar momentos difíciles es volver a caer en el hoyo que estuve los dos años pasados, así que hago un mayor esfuerzo y prefiero pensar en las conversaciones que teníamos antes de dormir, o cuando veíamos una película juntos y nos reíamos, rajábamos y disfrutábamos. 

Hace unas semanas empecé a soñar contigo de nuevo. No me había pasado desde hace dos años, aproximadamente. Quiero tener una libreta al costado de mi cama para que cada vez que sueñe y luego despierte, anote rápidamente todo lo que recuerde, ya que al pasar las horas, terminaré olvidando la mayoría o todo. Lo único que me queda por saber es que eres tú la del sueño y que felizmente estamos juntos, por lo menos unos instantes, pero estamos juntos. 
No sé si tú también hayas soñado conmigo últimamente o al menos pensado en mí, porque a veces nuestros sueños tenían concordancia y se entrelazaban como si fuera uno; como si fuéramos uno solo. 

He intentado jugar Maplestory de nuevo. De hecho, creé personajes nuevos y empecé a jugarlos, pero probablemente la única razón por la que me conectaba era porque mi inconsciente quería verte allí. El tiempo que jugaba, esperaba a que te conectaras de vuelta con tu cuenta de siempre, ya que hubiera sido imposible encontrarte si es que te creaste una nueva. 

De haberte vuelto a ver, te pediría salir a conversar, a conocernos y a mirarnos las caras. Hay tanto que contarte y tanto que saber de ti. Pero ya me está dando sueño y no quiero escribir más, por lo menos hasta mañana u otra noche.